20 de julio de 2010

Perdona, un lapsus.

- ¿Sigues ahí?
- ¿El qué?
- Joder, no estás para nada, ¿eh?
- Perdona, es que se me ha ido un momento la cabeza
- No si… si siempre es lo mismo.
- …
- A ver, cuéntame, ¿qué te pasa ahora?

Si, si en realidad no me pasaba nada. Nada grave quiero decir. Nada lo suficientemente grave como para romper aquel clima de atención. Prefería saber que estaba mirándome. Aunque fuese de reojo.

Seguí pisoteando esa martirizada hoja mirando al suelo. Parecía como si de alguna forma el chasquido llenara el silencio. Esa inmensidad tenebrosa a la que siempre temí. A no tener el chascarrillo adecuado ni la frase perfecta. A no parecer alegre o a dejar de fingirlo. Que se me viera el plumero, vamos.

Que se me notara que no sabía que narices hacia allí.
Que se me notara que el tiempo pasaba y yo seguía sin hacer nada.
Que se me notara que no era mediocre. Que era mucho peor que eso. Ni siquiera tenía lo que tienen los mediocres.

Felicidad en dosis diarias.

- Bueeno… así no solucionamos nada. ¿Qué te pasa?
- Tonterías.

Sonreí. Lo conseguí. Me abalancé sobre la pajita de su granizado y pegué un sorbo.
La jugarreta le distraería y todo volvería tan artificialmente perfecto a ser, como me empeñaba en aparentar.



2 comentarios:

M. dijo...

Aparentar no sirve para nada, la gente siempre se da cuenta al final.

Nada por aquí, nada por allá. dijo...

Que se den cuenta de que también tengo un mundo más allá de todo, me gustó :)