28 de abril de 2010

Tercer concurso de relato corto IES Jándula. Primer premio modalidad bachillerato


MIÉRCOLES POR LA TARDE


“Pero me emociona despertarme y organizar mil planes para seguir tirando, a media tarde ingeniármelas para conseguir un billete de metro y sentarme en el asiento más recóndito de la circular mientras comparto el tiempo con gente que jamás conoceré y me imagino qué harán ellos cuando sean viejos, cómo apurarán la vida, cuando ya no tengan tiempo para coger carrerilla y tengan que hacer la ultima vuelta a la pista con las pocas fuerzas que les permita su cuerpo, cansados, agotados, torpes, inestables…
Y cuando suben al vagón los niños, rebosantes de sonrisas, suelo permitirme una lágrima de nostalgia, que me recuerde que amo la vida, un día más.”

Cerré el libro y suspiré. El mejor libro que había leído en mucho tiempo. Me encantaba terminar de leer ese tipo de novelas por la mañana, antes de levantarme de la cama, me hacían mantenerme feliz todo el día, satisfecho de haber elegido bien mi lectura.
-Todo un genio ese Taylor, pensé.
No había leído nada suyo antes y me había impresionado que fuera tan bueno, yo que leía hasta la composición química de las botellas de agua mineral, ¿Cómo no lo había conocido antes?
La mayoría de las veces un buen libro hace que establezcas lazos de amistad imaginarios con el autor, que le cojas cariño sin conocerlo, siempre lo pienso.
Estaba seguro de que aquel iba a ser un gran día, un día genial, mejor dicho, una tarde genial. Se me había ido el santo al cielo y ya era casi la una, menos mal que en verano los miércoles parecen un sábado cualquiera y podía terminar libros antes de levantarme, aunque me despertara tarde.

Cogí el libro y pensé en ir a devolverlo a la biblioteca antes de que cerrara, pero primero me preparé un café, tampoco iba a darme demasiada prisa, no me apetecía, me sentía bien. Saqué del armario mis pantalones favoritos recién salidos de la lavandería por una mancha peleona de tinta. Me los puse y noté que me quedaban un poco holgueros, ¡Al fin estaban surtiendo efecto tantas horas en el gimnasio!. Terminé de vestirme y salí a la calle. Un sol resplandeciente me demostró que el día podía ser aun mejor. Respiré hondo y pensé lo feliz que sería si todos los días fueran como ese. Empecé a caminar con las manos metidas en los bolsillos como de costumbre, me encantaba ir así, me sentía cómodo. Noté un papel rozándome la mano derecha e intuí que sería el recibo de la lavandería. Pero al sacarlo me extraño que fuera tan pequeño, lo desdoble y me sorprendí aun más. “Caballo a 3C”, leí. Pensé durante un par de minutos que hacía ese papel en mi bolsillo, si alguien me lo había dado, pero era imposible, definitivamente. Recordaba haber mirado si tenía algo en los bolsillos antes de llevar los pantalones a la lavandería. Me había acostumbrado porque mi madre siempre me regañaba de pequeño por dejarme monedas en la ropa y echarla a lavar. El caso era que ese papel no era mío y que no tenía la mínima idea de lo que quería decir.
Subiéndome los pantalones cada diez pasos llegué a la biblioteca y devolví el libro. Era una de esas bibliotecas modernas en las que bastaba con pasar el código de barras del libro por una maquinita y dejarlo en una especie de buzón desde donde eran recogidos, así que no puede comentar con nadie lo buena que me había parecido la novela.

De vuelta a casa volví a mirar el papel de mi bolsillo. Seguro que era una tontería pero me intrigaba como había ido a parar allí y sobre todo que podría significar. Pensé que quizás era algún código de la lavandería, un detergente o algo por el estilo. Pero era curioso parecía una jugada de ajedrez.

Eran ya más de las dos y hacía un calor terrible en la calle. así es que me senté un rato a la sombra en un parque a unos quince minutos de casa. Cerré los ojos y me permití relajarme y tomarme una tregua. Me encantaban los días como ese. Aún quedaban bastantes días para volver al trabajo y estaba pensando en marcharme a la playa el siguiente fin de semana.

De pronto me vino a la cabeza el tablero de ajedrez gigante que habían pintando en el suelo al final del parque en el que estaba. Sinceramente, nunca pensé que alguien fuera a utilizarlo, servía más bien para hacerse unas fotos graciosas y para que los niños jugaran a papás y a mamás con los peones. Decidí seguirle la corriente a mi absurda imaginación y me planté junto al gran tablero. Designé mentalmente cada fila con un número y cada columna con una letra, para comprobar el recorrido del caballo hasta la casilla 3C. Me paré un momento y pensé la tontería que estaba haciendo, cualquiera que me viera allí mirando fijamente al suelo pensaría que estaba loco. Menos mal que en días como ese y a esas horas la gente prefería acomodarse junto al ventilador, que pensándolo bien era lo que me apetecía. Pero continué con el enigmático caso del papelito de la lavandería, era divertido y al fin y al cabo, no tenía mucho más que hacer. Pensé cual de los dos caballos sería el que debiera ir a esa casilla, pero desde la posición inicial del juego sólo uno de ellos podía. Ya que había averiguado la casilla fui hasta ella y al hacerlo me fijé en que alguien se había encargado de dibujar con tiza un número de dos cifras en cada casilla. Entonces fue cuando empecé a tomarme un poco más en serio la situación. Parecía que estaba todo planeado, que aquello era algún tipo de pista que debía descifrar. Anoté en el móvil, que era lo único que tenía a mano, los números dibujados sobre las casillas que el caballo debía pisar hasta llegar a la que yo estaba, no pude controlarme y pulsé la tecla de llamada, ¿y si era un número de teléfono?
No, no lo era. Me reí. No se en qué estaba pensando. Aquello no tenía mayor importancia. Seguramente sería alguna nota que hicieron los de la lavandería para terminar con mi horrible mancha de tinta.

Continué hacia mi casa aprovechando las sombras que me encontraba en el camino, pues estaba sudando y lo único que quería era llegar pronto y refrescarme un poco. Cuado al fin llegué me bebí un par de vasos de agua y fui a darme una ducha. Pero cuando estaba quitándome la ropa me di cuenta de que mis pantalones tenían un remiendo en la rodilla derecha. Yo nunca me había roto esos pantalones, y ni mucho menos los había cosido. Terminé de quitármelos y empecé a mirarlos detenidamente. Aquellos no eran mis pantalones. Eran prácticamente idénticos pero estaba seguro de que no eran los míos. Un despiste de la lavandería, seguro. Me reí acordándome de las vueltas que le había dado al papelito del bolsillo, ¡y ni siquiera era mío!. Saqué el papel del bolsillo y los metí en la lavadora, no iba a devolverlos a la lavandería después de lo que había sudado. Me metí en la ducha pensando en ir a solucionar el malentendido al día siguiente. Un chorro de agua fría me hizo recuperarme del agotamiento de aquel caluroso día. Volví a acordarme del libro que había terminado unas horas antes y me sentí muy bien. Seguía siendo un día genial, aunque me hubiera despertado casi por la tarde, estaba siendo un miércoles por la tarde genial.

De pronto sonó el móvil, que había dejado en la cocina. Me sequé un poco antes de cogerlo y cuando lo miré me dio un vuelco el corazón. ¡Era exactamente el número que yo había marcado antes en el parque! No podía ser, no me lo creía, ¡si antes no me había dado señal! Lo descolgué y respondí titubeante. Una voz mecánica y profunda habló al otro lado:

-Hemos recibido la señal, todo en orden, ha comenzado la cuenta atrás.



                                                                                                                             Cristina Ybarra

2 comentarios:

Manuel Amaro dijo...

Felicidades de nuevo!!!
Mañana recuérdame que te pregunte un par de cosillas del relato.
Máquina!!!!!!

Alea dijo...

jaja vale, inspirador! =P jaja