5 de noviembre de 2011

Cielo raso

Cuando la claridad me atropella los pulmones al abrir la ventana, me cambio el reloj de muñeca para no olvidar la voz,
que se desorienta por la noche.
Él nunca llega a tiempo para amainar la tertulia de bostezos,
y los cuadernos de tachones y desvíos amenazan eternidad a pie de página.

Justo antes del timbrazo del cartero, vuelvo a inventarme su nombre y el tren en el que nos conocimos. Me invento sus manos y su ritmo.
Imagino que se cierran un ratito las cortinas y recorre el braile de mis lunares mientras pasa el día.

La mayoría de los despertares ponen en entredicho mi tiempo de consciencia,
pero el olor a nuevo de la calle, suele convencerme del invierno y de la fragilidad de las certezas inventadas.
Como si fuéramos a llegar a alguna parte siendo armaduras vacías...

2 comentarios:

Makelelillo dijo...

Mira, mira... me has peusto la carne de gallina. Me encanta cuanta sensibilidad y esas plabras precisas que me van conduciendo a traves de la escena que narras.

Un saludo

Alea dijo...

Mil gracias makelelillo. Me alegro de haber conseguido el propósito de distraer al menos ;)